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Carta abierta a Mario Vargas Llosa, 28 de
octubre 2006:
HORA DE DEFINICIONES Y NO DE MATICES
Eduardo
Bigio*
En su obra
“Desafios a la Libertad”,
Mario Vargas Llosa escribió
que “a los fanáticos no se les
aplaca cediendo a sus dictados. Por el contrario, se les alienta a ser cada vez
mas audaces en sus exigencias ya que han comprobado que la violencia, puesta al
servicio de la intolerancia, es eficaz”.
Desde que lo dijo hace 15 anos, a propósito de la “fatua” de los
ayatollas iraníes condenando a muerte a Salman Rushdie por sus “Versos
Satánicos”, el Islam radical y sus organizaciones extremistas solo se
han expandido al igual que la violencia y sus demandas.
El programa nuclear
de Irán - el peligro más
ostensible para la paz regional y mundial, que las grandes potencias ni la ONU han logrado detener -
tiene incluso señalada su primera víctima. Por eso extraña - en realidad
decepciona - que Mario Vargas Llosa, a riesgo de ser inconsecuente, no se haya
puesto al frente para protestar contra las “Prosas Satánicas” de Mahmoud
Ahmadinejad, el Presidente de Irán, que amenaza impudicamente con
destruir a Israel, niega la veracidad del Holocausto y es descaradamente
antisemita. A poco más de 60 años de Hítler y Auschwitz
el mundo no ha aprendido que cuando la amenaza de un fanático es
consistente, hay que creerle. Y que los asesinos interpretan que si el mundo
calla es señal de conformidad, cuando no de apoyo.
Se trata de una
amenaza existencial concreta y no retórica, de raíces
ideológico-religiosas y no territoriales contra un país que
encarna las libertades democráticas y la modernidad de Occidente, a
quien el Islam fanático le ha declarado la guerra. Y en el plano estratégico,
instrumental a las ambiciones de Irán de afirmarse como líder de
un “nuevo orden” islámico – émulo del totalitarismo nazi y su
corolario un “Medio Oriente sin estado judío y sin judíos” – que
tiene en la mira el control de las fuentes de petroleo más grandes del
mundo que existen en el golfo pérsico.
El Islam radical
está involucrado en los conflictos más cruentos del Medio
Oriente, llámese la masacre del régimen islámico de
Sudán en Darfour o las matanzas sectarias en Irak; la sanguinaria guerra
civil en Argelia o la rebelión de los talibanes en Afganistán. Israel es ajeno a ellos tanto como a la
conspiración violenta de los fundamentalistas para derrocar a los
gobiernos moderados por ser “insuficientemente islámicos” y convertirlos
en “totalmente islámicos” o para silenciar a los sectores – no pocos ni
insignificantes - que intentan
transformar a las sociedades árabe musulmanas a la cultura de la
democracia y el progreso manteniendo su identidad espiritual.
Explotando la
frustración y el resentimiento de sociedades postergadas y
políticas erradas, el extremismo islámico ha logrado introducir
un mito potente y unificador con las crecientes masas empobrecidas y
descreídas árabes, en su mayoría jóvenes,
haciéndolos creer que son víctimas de intereses y conjuras
extranjeras y no de regímenes represivos, ineficientes y corruptos,
incapaces de conectarlos con la modernidad. Y que los culpables de esa
conspiración para dominarlos son Estados Unidos, Israel, Occidente y los
cristianos. Incubando el fanatismo y la
incitación al odio, los ha convencido que son víctimas y no
responsables y que su destino está ligado a la “resistencia” contra el
“opresor” y una misión “divinamente legitimada”: el martirio. De allí al terrorista y al suicida
terrorista solo un paso. “Sea lo que sea
lo que quieran lograr los asesinos terroristas, de lo que no cabe duda es de
que la instauración de un mundo mejor no forma parte de sus objetivos;
sus esfuerzos se encaminan más bien hacia el asesinato de inocentes”,
opina Salman Rushdie, víctima real de ese fanatismo, “y si
diéramos con una fórmula mágica que nos permitiera
resolver de la noche a la mañana un conflicto como el existente entre
palestinos e israelíes, no creo que sufriéramos menos atentados”.
Es un hecho que el
nacionalismo secular palestino fue desplazado hace años por el
fundamentalismo islámico que encabeza el Hamas de la mano con Hizballa y
la Jihad
Islámica, que obedecen a los designios de Irán
y Siria. Son estas y otras fuerzas las
que torpedearon el proceso de Oslo, se opusieron a los acuerdos de Camp David y
continúan impidiendo la realización de sus aspiraciones nacionales
con la obsesión que es más importante destruir al estado
judío que establecer su propio estado.
Son además, las que con el monopolio del terror, el honor y la
venganza mantienen secuestrados e intimidados a sus pobladores, dividida y
anarquizada a su sociedad, amordazados a sus sectores moderados y arrojan a las
calles a sus jóvenes enseñándoles a matar matándose
y a lanzar cohetes contra poblaciones indefensas cubriéndose
detrás de civiles.
La intransigencia
del gobierno del Hamas, que conduce una política tribal y no la de un
estado en formación, que era la expectativa con la desocupación
total de Gaza por Israel, los ha privado de apoyo internacional e incrementado
el sufrimiento y descontento popular. Los sectores más moderados y
representativos de la sociedad palestina, que preconizan establecer su estado
por la vía negociada, tienen que asumir su rol con una estrategia
coherente y cohesionada para el compromiso político con Israel,
abandonar la cultura del agravio y la victimización y preparar a su
pueblo para concesiones dolorosas sin las cuales la paz no será posible.
Y para ganar legitimidad moral, denunciar a quienes usurparon corruptamente la
cuantiosa ayuda extranjera, superior - el doble per capita anual - a la
recibida por los europeos con el Plan Marshall, entre 1993-2001.
Los palestinos
deberían aprender de los sionistas, que en 1948 decidieron establecer su
estado no a cualquier precio, sino al precio de cualquier sacrificio, para
cambiar la vida de su pueblo y el destino de los refugiados del Holocausto
europeo. Y recordar que la agresión de los líderes árabes
para evitar que se creara el estado judío, y si se establecía
destruirlo a cualquier precio, fue lo que originó la tragedia de los
refugiados palestinos y la expulsión – no menos desgraciada - de los
judíos de los países árabes. La diferencia es que los
árabes los abandonaron y perpetuaron su infortunio y los judíos
decidieron afrontar el suyo.
La reciente guerra
en el Líbano, que Israel no ganó como podía y Hizballa no
perdió como debía, mostró que al terrorismo se le derrota
cuando se le enfrenta sin intimidarse - y no solo si no se le concede - y que
al fanatismo no se le vence con la fuerza, pero sí se le detiene. Fue
una guerra que mostró el verdadero rostro del conflicto, que no tiene
que ver con “territorios ocupados” sino con el “territorio ocupado” que se
llama Israel y que el Islam fanático está librando en nombre de
la “justicia” islámica contra las “libertades” y los derechos humanos de
Occidente. Tampoco fue una guerra en vano: Irán y Siria quedaron al
descubierto, los líderes mundiales ya lo saben y los países
árabes están notificados y divididos; el sur de Líbano ya
no será igual y la diplomacia internacional dio un paso adelante que
puede servir de precedente. Y no menos
importante, que enseñó la faceta una nueva forma de guerra
terrorista – verdaderas trampas humanas para matar indiscriminadamente a
civiles escondiéndose en civiles-.
Israel no puede
decidir por los árabes de aceptar su derecho a existir, pero si puede
decidir luchar por defender ese derecho y otros valores más, que no
todos están dispuestos a asumir. Y de eso no tiene que pedir disculpas
ni sentirse avergonzado.
* Ex-Presidente, Comité del
Tercer Mundo del Congreso Judío Mundial |