Contra el bárbaro
Arafat
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Pilar Rahola
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Dado que en
este país de las maravillas existe un denso ejército de intelectuales,
opinadores y líderes varios que día tras día nos explican, con detalle,
los diferentes repliegos del mal, encarnado en la figura de Ariel Sharon,
no seré yo quien les quite el trabajo. Sharon no me gusta nada, pero como
que cada vez que alguien alza la pluma para intentar entender a Israel,
hay que añadir un rosario inacabable de justificaciones, excusas y
demostraciones de fe, que quieren que les diga!, me lo ahorro. Sharon no
me gusta. Punto. Tampoco me gusta Arafat. Podría igualmente en este caso
dejarlo aquí, con una frase concisa y determinante? No lo creo por una
simple razón: mientras la demonización de Sharon es diària, implacable y
furibunda, a Arafat se le han perdonado históricamente todas les
barbaridades cometidas como si fuesen pequeños errores de héroe encerrado,
y no la estrategia violenta e irresponsable de un líder tan ciego de odio,
desprovisto de cualquier grandeza. No entiendo, por ejemplo, que todos
quieran juzgar a Sharon por crímenes contra la humanidad, y se quiera
juzgar a Arafat, cuya mano ha hecho ejecutar toda una serie de crímenes,
indiscriminados, sin ninguna piedad y sin ningún rubor. Desde siempre y
hasta hot mismo. Ya no se trata nada más del loco que hacía matar atletas
en los juegos, o creaba el pánico a las líneas aéreas europeas, o
instauraba el glorioso concepto del “terror total”, sino del hombre que ha
tenido diversas veces en sus manos las claves de la paz, y las ha
rechazado todas, llevando a su propio pueblo a un proceso permanente de
destrucción.
Hablemos
de Arafat, hoy, renacido bajo el designio del integrismo más feroz que
nuevamente ha segado la vida de tantas personas civiles que iban en un
autobús, al trabajo, a casa, un bebé entre ellos. Víctimas que no existen,
porque en el universo periodístico europeo hemos decidido que les víctimas
son sólo palestinas y que los judíos muertos, en el mejor de los casos,
son una pura contigencia. No tiene nombre Shani Avi-Tzedek, muerta con 15
años, o con 22 Shiri Negari, dos de los veinte muertos en el atentado del
autobús de Jerusalem, el 15 de junio. Tampoco tienen nombre las docenas de
niños y adultos que murieron el atentado en un Bar Mitzva (la primera
comunión judía) hace pocas semanas. O las 23 persones que murieron en una
fiesta en plena Pascua Judía. Tiene nombre la pequeña Lea
Schijverschuurder, de 9 años, gravemente mutilada en el atentado de la
pizzería Sbarro, donde cinco miembros de su familia, padres y hermanos,
perdieron la vida?
En este país de neutralidad informativa donde la toma
de la iglesia de Betlem por un núcleo de terroristas violentos y cargados
de crímenes a sus espaldas, se explica como una agresión del ejército
israelí contra un lugar sagrado…; en este país de neutralidad donde se va
habló de masacre en Jenín y se llegó a comparar con el holocausto, pero no
se ha dicho nada del hecho que los combates se redujeron a un espacio de
100 metros cuadrados y que una ONG tan poco sospechosa como Human Rights
Watch ha contabilizado las muertes: 52 palestinos y 23 soldados israelíes,
además de 65 heridos. Es decir, fue un combate y no una masacre… Pregunta
pertinente que se hacía Joan Culla: si los 52 muertos palestinos permiten
equiparar Jenín con Auschwitz, con qué se habrían de comparar el millón de
muertes del proceso de islamización del Sudan, o los 100.000 muertos del
integrismo algerino, o las 20.000 víctimas de la respuesta, por parte de
Hafed el Assad, de la sublevación islamista de Hamas?…; en este país
neutral donde las denuncias de corrupción financiera de Arafat, publicadas
incluso en la prensa kuwaití, no han estado nunca reseñadas…; este país
que no dice nada del hecho que Mohammed Atta ya había hecho atentados
contra Israel en el año 1.986, y que, encarcelado en Israel, fué liberado
gracias a los acuerdos de Oslo y gracias también a la presión del gobierno
Clinton. No hace falta decir que Atta agradeció adecuadamente el gesto a
los americanos…; este país que no explica que las armas que se encontraron
en el barco Karine A, fueron compradas con 20 millones de dólares de las
ayudas europeas a la población palestina…; este país que nada dice acerca
de los más de 1000 misiles que Hezbolah ha lanzado desde el Líbano contra
las poblaciones civiles del norte de Israel, sólo en una semana… Y eso que
Ehud Barak devolvió los altos del Golan sin nada a cambio...; en este país
donde la información es de una exquisita “neutralidad pro palestina”…, el
hecho real es que la información se ha convertido en un arma de guerra.
Incluso en manos de teóricos pacifistas.
Hablemos
del líder de la paz y la resistencia, el señor Arafat. Y avanzo que, no
creo, como dicen los americanos, que nosotros seamos quién para decidir
quién es el líder de los palestinos. Que se apañen ellos solitos. Pero me
parece pertinente explicar porque algunos lo consideremos un líder nefasto.
Primero, es un líder para la guerra, único lenguaje que entiende, y no por
la paz. Fue el quien alimentó la segunda intifada, y no contra Sharon,
sino contra el pacifista Barak, después de haber rechazado ofertas tan
impensables para los judíos como una nueva partición de Jerusalem. El
presidente del Parlamento israelí llegó a decir, llorando, en una sesión:
“después de ceder en todo, qué más quieren?”. Arafat no sólo dinamitó los
acuerdos, sino que alimentó la heroicidad bélica, propició una cultura del
odio en las escuelas, permitió que los imanes de las mezquitas apelasen a
“el exterminio de los judíos”, y sólo aceptó interpretar Oslo como una vía
de exterminio del propio estado de Israel. Ha llegado a condenar algún
atentado en inglés, pero ni una sola vez ha exigido en árabe el fin de los
atentados suicides, y en su ya densa biografía violenta, todo aquello que
es considera más o menos intocable, ha estado pervertido: matar civiles,
matar niños, mujeres, atacar hospitales, llenar ambulancias de bombas. Si,
además, recordamos su papel en la guerra del Líbano, donde murieron 30.000
cristianos a manos de milicias palestinas (recordemos la masacre, por
ejemplo, de Damour?), o las guerras internes entre fracciones, y
recordemos que han muerto más palestinos en manos de los propios árabes,
que palestinos lo han hecho en el conflicto con Israel, entonces, qué
hacemos con la información?
Arafat es
un líder de la guerra. Ha tenido delante suyo líderes “halcones” israelíes
y “palomas” y siempre ha optado por la misma vía, el único lenguaje que le
ha definido biográficamente: la sistemática destrucción de toda vía de
acuerdo. Y un menosprecio profundo por el uso de la vida humana, la vida
de la su propia gente. Me parece el peor de los líderes para una causa que
habría de tener estrategas de más altura y un mayor sentido de la justicia.
Arafat no sirve a la causa palestina. Arafat la pervierte.
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Rahola@navegalia.com
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Buscar La Paz, Encontrar La Guerra
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Hugo Alvira
Esteban
Profesor de la escuela Blanquerna, adscrita a la Universitat Ramón Llull
de Barcelona
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Cuando en el año 1.992 a la ciudad noruega de Oslo los
máximos dirigentes del Estado de Israel y los de la O.L.P ( Organización
para la liberación de Palestina ) firmaron los tratados de paz más
conocidos como los “ tratados de Oslo “, parecía que el camino para
conseguir la paz estaba abierto.
Posteriormente, se creó la A.N.P ( Autoridad Nacional
Palestina ) y todos los territorios bajo ocupación israelí fueron cedidos
a esta nueva autoridad que se encargaría de gestionarlos de forma
autónoma. Se crearon cuerpos de policía palestina entrenados por el
Ejército israelí. En aquel contexto, acabó la primera Intifada y las
conversaciones iban avanzando hacia la creación de un Estado Palestino
independiente. Paralelamente se llegaron a acuerdos de paz con algunos
estados árabes como Jordania que reconoció a Israel como estado. En todo
este proceso, un sector de la nueva A.N.P se encontraba incómoda ya que
ellos se habían consagrado a luchar contra Israel y era ahora su eterno
enemigo el que entrenaba a su flamante policía palestina y les ayudaba a
construir las nuevas infraestructuras, convirtiéndose en su principal
valedor y colaborador. Los tratados de Oslo implicaban trabajar juntos,
superar las reticencias de uno y otro lado para conseguir la paz tan
anhelada.
Por el lado palestino, este sector duro, que siempre
conspiraba y estiraba de la cuerda, por el lado israelí, los
ultra-ortodoxos, que veían en las concesiones del primer ministro Rabin
una traición a Israel y a todo el pueblo judío. Hasta que llegó el día en
que un judío ultra-ortodoxo asesinó en Tel Aviv a Isaac Rabin después de
un mitin a favor de la paz y la convivencia entre judíos y palestinos. En
aquél momento, el proceso de paz, en lugar de estancarse, continuó con más
consistencia de la mano de Simón Peres que prosiguió las negociaciones. A
Peres lo sucedió Benjamín Netanyahu, que mostrando algunas reticencias
hacia los palestinos, fue más cauteloso a la hora de hacer concesiones a
la A.N.P, debido sobre todo al ambiente tenso que se vivía en la región y
a la ambigüedad mostrada por las autoridades palestinas en temas de
seguridad.
El gobierno Netanyahu dio paso al de Ehud Barak, uno de
los generales más condecorados del Ejército Israelí. Éste se mostró muy
decidido a dar al proceso de paz un nuevo aire, ya que parecía que se
había estancado, a veces por la reticencia israelí a tocar temas tabú,
como los asentamientos de colonos judíos que existían en territorio
palestino o la capitalidad de Jerusalem compartida. Por otro lado, los
palestinos se mostraban muy permisivos con los fundamentalistas islámicos
que amenazaban la seguridad del Estado de Israel, y muchas de las promesas
de Yasser Arafat para controlar estos grupos no se hacían realidad.
Aún así, en un gesto de gran significado, Barak acudió a
las negociaciones que tuvieron lugar el año 2.000 en Camp David
conjuntamente con los Estados Unidos y la A.N.P con la intención de llegar
más allá que ninguno de sus antecesores en su cargo para conseguir la paz
definitiva que haría posible la convivencia entre 2 pueblos obligados a
convivir y a entenderse. De este modo, ofreció a cambio de esta paz la
cesión del 97 % de los territorios de Cisjordania y Gaza para que crearan
el Estado Palestino tan anhelado y la cesión de Jerusalem Este ( barrios
árabes ) para que se convirtiera en la capital del nuevo Estado. Todos los
países árabes ( Egipto, Siria, Jordania, Líbano ) estaban de acuerdo, los
Estados Unidos también, al igual que la Unión Europea, pero Yasser Arafat,
incomprensiblemente, dijo no. Estaba convencido que podría sacar más de
Israel y no supo ver, o no quiso, que, con estas concesiones, Israel ya no
podía ceder más, ya que esto podría significar su desaparición. En aquel
punto, para buscar una justificación a su postura, Arafat pidió el retorno
de los más de 3 millones de refugiados palestinos en territorio israelí y
el desmantelamiento de todos los asentamientos judíos en territorio
palestino.
Barak se negó pero a cambio ofreció compensaciones
económicas para la creación de viviendas para los refugiados palestinos y
la cesión de territorios israelíes en compensación por los que eran
ocupados por los asentamientos judíos que pasarían a formar parte de
Israel. La respuesta palestina continuó siendo no. Tras el fracaso de las
conversaciones de Camp David II, Arafat vuelve a Palestina como si hubiera
conseguido una victoria en medio de las proclamas de sus incondicionales.
Qué había conseguido ? Nada, ya que volvió con las manos vacías, sin poder
ofrecer nada a su pueblo, que se encontraba en buena parte recluída en
campos de refugiados bajo control palestino y en el sur del Líbano. Nada
de territorios para crear el Estado Palestino, nada de la mitad de
Jerusalem para establecer la capital, nada de compensaciones económicas
para mejorar las condiciones de vida de miles de palestinos. Nada de nada.
No porque Israel se negó, no. Él no había querido. Arafat volvía contento
porque había encontrado la posibilidad de continuar con la lucha armada,
tal y como los suyos ya habían planeado. Todo esto era la mejor excusa
para el sector que quería atacar a Israel tuviese una justificación
razonable. Por otro lado, Israel no entendía que había pasado. Como era
posible que los palestinos se negaran a aceptar sus propias
reivindicaciones ? Por qué decían no a aquello por lo que tanto habían
luchado ?
Qué más querían ? Todo eran dudas e incertidumbre. En
medio de esta incertidumbre, estalló la segunda Intifada. El pretexto lo
sabemos todos : El famoso paseo de Ariel Sharon por la explanada del
Templo, que encendió los ánimos de muchos palestinos. Y entonces comienzan
a morir civiles israelíes a manos de suicidas capaces de dar su vida para
convertirse en mártires, y llegaron los linchamientos y descuartizaciones
de soldados israelíes, en medio de las llamadas de paz y diálogo hechas
por Barak, que comenzaba a creer que había sido víctima de un engaño. De
la noche al día, Israel pasó de buscar la paz a encontrar la guerra.
Actualmente la situación es muy compleja. Los
acontecimientos del 11 de Septiembre pasado cambiaron el panorama mundial.
La lucha contra el terrorismo y la inseguridad pasan a ser primordiales
para todos los países occidentales. Arafat sabía que la situación había
cambiado, su cara mostrando preocupación, no porque su población se
postulaba a favor de los atentados, sino porque él sabía que en este nuevo
contexto Israel, ahora bajo el gobierno Sharon ( un ex general que no era
partidario de negociar con la A.N.P si no detenía a todos los terroristas
integristas ) comenzaría una campaña defensiva contra todos aquellos que
quisieran atentar contra Israel y su población, y contra todos aquellos
que desde la ambigüedad no combatiesen suficientemente a los terroristas.
Arafat y sus colaboradores habían perdido peso dentro del mundo palestino
y la mayoría de aquellos que se suicidaban y arrastraban con ellos a
civiles inocentes, ya no reconocían su autoridad.
Entonces Sharon ordenó la operación militar “ Muro
defensivo “ con el objetivo de neutralizar a los terroristas y los que
colaboraban con ellos directa o indirectamente. Así los territorios bajo
control de la A.N.P se ocuparon parcialmente y se procedió a la
destrucción de las infraestructuras que se consideraban que ayudaban a los
terroristas a perpretar y preparar sus actos. La movilización de la
comunidad internacional ha ido más en el camino de hacer sentir en Israel
un sentimiento de culpabilidad ( sobre todo desde la Unión Europea ) por
atacar a la A.N.P. Pero parece que nadie quiera recordar que hace menos de
2 años los palestinos se negaron a firmar los acuerdos que pudieron haber
acabado con la creación del Estado Palestino, y con una hipocresía sin
límites se intenta justificar lo injustificable : los atentados suicidas
contra objetivos civiles, que de forma indiscriminada han asesinado a
mucha gente inocente. Por el contrario, se criminaliza y se comparan con
el exterminio nazi las operaciones selectivas que el Ejército Israelí ha
realizado contra los responsables de los atentados y sus infraestructuras.
No es lo mismo, pero algunos medios de comunicación no lo expresan así.
Respecto al proceso de mal es muy difícil, hoy por hoy,
hacer conjeturas. Parece que una parte de la A.N.P y los sectores más
radicales del mundo palestino sólo quieran una cosa : la completa
eliminación del Estado de Israel. No parecen conformarse con los
territorios que se les quiere ceder, ni que vayan a pararse incluso si
consiguieran un estado propio. Ellos no quieren la propuesta israelí, no,
sus objetivos son más ambiciosos aunque no lo reconozcan públicamente.
Por otro lado, hay un poderoso movimiento a favor de la paz en Israel, que
comprende la necesidad que tiene el `pueblo palestino de conseguir un
estado propio en el que se pueda vivir dignamente, pero sin que esto
suponga ni mucho menos la desaparición de Israel. Por desgracia, no existe
un movimiento pacifista similar en el mundo palestino, que propugne la
convivencia entre los pueblos y las naciones de la región. El futuro, tal
y como piden los palestinos pasa por el cumplimiento de las resoluciones
de la ONU, pero no sólo aquellas que interesan a Arafat y su gente, sino
todas, comenzando por las que establecen que 2 estados, uno judío y uno
árabe, han de convivir y compartir capital en Jerusalem. Israel ya ha
demostrado que está de acuerdo. Ya lo estaba después de haber sido atacado
el año 1.947 cuando habiendo proclamado su independencia los estados
árabes de la región le declararon la guerra ; en 1.967, volvió a ser
atacada nuevamente y después de haber negociado recibió siempre un no
como respuesta a las propuestas de paz que realizaba.
La paz con Israel quién la ha buscado la ha encontrado,
tal y como quedó demostrado con la devolución del Sinaí a Egipto a cambio
del reconocimiento y la convivencia pacífica. En el año 2.000, Israel
volvió a ofrecer paz y encontró un no como respuesta, y todavía sigue
buscando la paz, tan sólo pide el reconocimiento de su derecho a existir y
un compromiso para convivir en paz. Pero por desgracia siempre nos
encontramos ante una pregunta inquietante : Quién busca la paz y encuentra
la guerra ? Israel o Palestina. Sería muy bueno que esta pregunta no
pudiera plantearse por parte de ninguno de los 2 pueblos.
Esto querría decir que ya ha llegado el tiempo de la paz y
la convivencia entre 2 pueblos hermanos. |
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Artículo publicado el 13 de Mayo de 2.002 en la revista semanal ALOMA de
la escuela Blanquerna.
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El Sionismo:
Radiografía De Un Concepto Demonizado
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Joan B.
Culla Clarà, Catedrático y Profesor de Historia del Oriente Próximo de la
Universidad Autónoma de Barcelona
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Sionista : El adjetivo es hoy
percibido como un insulto y es utilizado a menudo como tal : parece un
sinónimo de “ fascista “, “ nazi “, “ opresor “, “ verdugo “. Además, una
votación en la Asamblea de las Naciones Unidas en noviembre de 1.975
condenó el sionismo como “ una forma de racismo y de discriminación
racial “. Aunque este aberrante acuerdo se revocó en diciembre de 1.991,
un persistente y eficaz discurso nutrido de muchos altavoces ( el
nacionalismo palestino y el mundo árabe en general, el comunismo clásico y
también numerosas ramas de la izquierda postcomunista, sin olvidar a la
derecha de siempre ) ha continuado inculcando a la opinión pública mundial
la idea de un sionismo intrínsicamente totalitario, agresivo, condenable.
Para aproximarnos a la realidad de aquello que nació como una ideología
emancipadora, como una propuesta de liberación colectiva para uno de los
grupos humanos más oprimidos y discriminados por la Europa del siglo XIX,
hay que dejar de lado tópicos y prejuicios demonizadores que han hecho del
antisionismo la última y tal vez la más sofisticada variante del
antisemitismo.
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Una opción entre muchas
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, en el continente
europeo donde se concentraban 8,5 de los 10 millones de judíos en el
mundo, fueron muy diversos los planteamientos teóricos y vitales que
pretendían resolver “ el problema judío “, hacer desaparecer el rechazo y
la hostilidad milenarias contra esta comunidad humana. En Europa
Occidental predominaba la asimilación que algunos hebreos llevaron hasta
el extremo de convertirse a la fe cristiana ( los padres de Karl Marx o
los de Benjamín Disraeli, entre muchos ejemplos ) y para otros significaba
reducir su condición judía a una pocas prácticas religiosas y ser en el
resto políticamente y culturalmente franceses, ingleses o alemanes al 100
%.
Al Este, entre 5 millones de súbditos judíos del zar de
Rusia, una minoría radicalizada de estudiantes depositaba sus esperanzas
en el marxismo revolucionario, se afiliaba al Partido Obrero Social
demócrata ruso ( como Lev Davidovitch Bronstein, en el futuro Trotsky ) y
sostenía que, con el triunfo de la revolución, el antisemitismo sería
borrado como todos los otros prejuicios medievales, pero también el
judaísmo se diluiría hasta desaparecer en el seno de la nueva sociedad
libre e igualitaria. En cambio, otros revolucionarios hebreos rusos,
aquellos que en 1.897 fundaron el Bund ( La Unión General de los Obreros
Judñios de Rusia, Polonia y Lituania ) sí que creían en la existencia de
una nación judía, pero una nación sin territorio ni posibilidad de
tenerlo, basada en la lengua yiddish, y para la cual querían obtener,
después de la caída del zarismo, una amplia autonomía nacional y cultural.
Es en este contexto y ante estos competidores que surgió el sionismo
político.
Antes que nada, el sionismo había estado, durante siglos,
una nostalgia de origen religioso
( el año que viene en Jerusalem ... ) que, desde mediados
del siglo XIX, comienza a secularizarse, entra en contacto con las grandes
corrientes europeas de la época ( el nacionalismo, el socialismo ... ) y
da lugar a unas primeras expresiones doctrinales ( las del judío alemán
Moses Hess, del ruso Leo Pinsker ... ), así como al modesto movimiento
migratorio que, entre 1.882 y 1.891, traslada a unos 25.000 jóvenes
obreros y estudiantes judíos de Rusia y los Balcanes, decididos a
redimirse y a redimir su antigua patria sobre la doble base del trabajo
agrícola y de la resurrección de la lengua hebrea.
Hasta aquí, el fenómeno no habría merecido más que una
nota a pie de página en los libros de historia. Pero entonces, durante la
última década del siglo XIX, la asimilación de los judíos occidentales
muestra de repente sus límites y sus debilidades. Mientras las
persecuciones antijudías aumentaban en el Este, el rebrote ( en Berlín,
Viena y hasta París ) de un discurso antisemita que hoy se reviste de
apariencias “ científicas “ y sobre todo el virulento estallido del “
affaire Dreyfuss “ hacen pensar a algunos intelectuales que la
emancipación de los hebreos de Europa es un espejismo, una quimera. La
crisis de la solución liberal allana el camino de la solución nacional.
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Un
estado para los judíos
Mitificado después como “ el padre fundador “ del sionismo
político, el periodista austro-húngaro Theodor Herzl ( 1.860-1.904 ) hizo
ciertamente una contribución esencial, pero de ningún modo ideológica. Su
célebre folleto “ El Estado de los judíos “ ( 1.896 ) no es un texto de
doctrina sino una afirmación rotunda, provocadora de la nación judía al
lado de otras naciones y de la necesidad de normalizarla para así acabar
con el antisemitismo. Cómo ? dotándola de un territorio y de un estado.
Además de eso, sobre el pensamiento de comunidad judía en términos de
nación, Herzl hizo en 9 años de trabajo 2 cosas más : constituir, a partir
del congreso de Basilea de la Organización Sionista Mundial en 1.897 y,
gracias a sus incansables gestiones con los gobernantes de Europa y
Turquía, incluir el flamante nacionalismo judío y sus aspiraciones sobre
Palestina en la agenda diplomática internacional. Herzl fue capaz de
transformar una difusa aspiración mesiánica en un movimiento político
organizado y reconocido.
Al mismo tiempo, en la inevitable focalización del
proyecto nacional sionista sobre la Tierra Santa de los antepasados, sobre
la Palestina bíblica, había un equívoco que tendría consecuencias
trágicas. Embullidos por el eurocentrismo y la buena consciencia propia de
la época, los primeros sionistas creyeron que, para obtener ese país con
el cual les unían viejísimos lazos históricos, había sólo que negociar con
la potencia que lo controlaba, Turquía primero e Inglaterra después; para
el resto, y según una famosa frase, Palestina era “ una tierra sin pueblo
para un pueblo sin tierra “. Incluso después, una vez hecho el
descubrimiento de los habitantes árabes, el sionismo quería creer que en
el inmenso y mal delimitado Próximo Oriente habría sitio para todos. Los
judíos no se daban cuenta que, con la reinstalación del país, alimentaban
entre los árabes directamente afectados por aquel proceso demográfico y
político un nacionalismo por reacción, el nacionalismo palestino.
En 1.917, en medio del terremoto geopolítico de la Gran
Guerra, el sionismo obtuvo el primer compromiso internacional de sus
aspiraciones, la Declaración Balfour, a través de la cual el Gobierno
inglés hace suya la idea de crear en Palestina “ un Hogar Nacional para el
pueblo judío “ sin perjuicio de los derechos de la población árabe. Era
ciertamente un compromiso ambiguo e incluso contradictorio, pero fue
ratificado por la Sociedad de las Naciones en la conferencia de San Remo (
1.920 ) e hizo posible la instalación en Palestina, bajo una benevolente
administración británica, de nuevas olas de inmigrantes hebreos de Europa.
En 1.931 eran 190.000 individuos.
En cualquier caso conviene subrayar que, a esas alturas,
la opción sionista continuaba siendo muy minoritaria en el seno del
judaísmo europeo, y que la emigración hacia el Próximo Oriente seducía
nada más que a una porción de judíos rusos y polacos decepcionados por la
trayectoria del régimen soviético, por el fracaso del Bund, por la
persistencia del antisemitismo en los países de Europa Oriental ; puestos
a emigrar, la mayoría prefería los Estados Unidos. Por otra parte, el
movimiento sionista, tanto en la diáspora como en Palestina, se
caracterizaba por el pluralismo interno, estaba configurado por multitud
de partidos, grupos y tendencias que iban desde la derecha radical,
pasando por el sionismo religioso, hasta la izquierda laica y socialista ;
esta última, liderada por David Ben Gurion, era la fracción mayoritaria.
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La tragedia europea
El sionismo, un hijo de Europa, recibió de la crisis
política y moral europea de la década de 1.930 y 1.940 un impulso
decisivo. En 8 años ( 1.932-1.939 ), la amenaza sionista empuja hacia
Palestina a 200.000 judíos alemanes y austriacos que, sin aquel peligro,
jamás se habría establecido allá abajo. Después, una Gran Bretaña inquieta
por la cólera creciente de los árabes cierra las puertas de Palestina, en
el mismo momento que Adolf Hitler convertía el continente europeo
inflamado por la Segunda Guerra Mundial en una trampa mortal para los 8,5
millones de habitantes hebreos.
De éstos, unos 6 millones fueron asesinados de forma
sistemática en el marco de aquello que los nazis denominaron la “ Solución
final “ o “ Solución definitiva “ del problema judío. Para un pueblo que
perdió más de un tercio de sus miembros, esta catástrofe sin equivalente
ha dejado un trauma colectivo difícil de superar. Al mismo tiempo, el
holocausto inyectó al movimiento y a las aspiraciones sionistas un plus de
legitimación moral y política irrebatible : quién osaba, en 1.945,
menospreciar la necesidad de un estado judío que sirviese de refugio a los
supervivientes y ofreciese seguridad ante eventuales persecuciones futuras
? Quién se atrevía a afirmar todavía que entre un asimilado judío
parisino, un devoto judío de Sarajevo y un hebreo bolchevique de Minsk no
había nada en común después que todos ellos fueron asesinados en Aushwitz
? Persistía obviamente la hostilidad arabo-palestina, pero qué se podía
esperar de dirigentes como el Gran Mufti de Jerusalem, aliado de Hitler
durante la guerra ?
Entre 1.945 y 1.947, los sionistas, victoriosos en la
batalla de la opinión pública, con el apoyo ( ahora sí ) del conjunto del
judaísmo mundial y capaces simultáneamente de recurrir al terrorismo
antibritánico como medio de presión, consiguen que Londres remita el
problema de Palestina a las Naciones Unidas. Allí, la posición pragmática
del bando judío, el apoyo que les dieron ( por diferentes motivos ) tanto
Washington como Moscú y la intransigencia suicida ( o todo o nada ) de la
parte árabe condujeron a la histórica votación del 29 de Noviembre de
1.947, cuando la Asamblea General aprueba la partición de Palestina entre
un estado judío y un estado árabe, con una administración internacional
sobre Jerusalem y Belén. La reacción de la clase dirigente árabe ( el
pueblo palestino jamás fue consultado ) se puede resumir en esta frase que
un diario de Jerusalem publica el 30 de Noviembre de ese año : “ Aquello
que en Nueva York han escrito con tinta, en Palestina lo borramos con
sangre “.
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Hacia el postsionismo ?
La continuación de la Historia de Israel es bastante
conocida y se puede resumir en 55 años de antagonismo armado entre
israelíes y palestinos, de guerras convencionales y de guerras sucias, de
ocupación y resistencia, de terrorismo y de represalias, de negociaciones
e Intifadas que este texto no pretende analizar. De cualquier forma, se
podría considerar que, con la proclamación del Estado de Israel en 1.948
o, afinando un poco, con el final victorioso de la siguiente guerra de la
Independencia en enero de 1.949, el sionismo había ya conseguido su
objetivo fundacional y por tanto dejaba de tener vigencia para convertirse
en una simple referencia histórica.
Los motivos de que no fuese así hay que buscarlos en la
excepcionalidad de un país que, nacido con 780.000 habitantes, recibió e
integró a casi 4 veces este número en 50 años, entre ellos 750.000 judíos
procedentes del mundo araboislámico y 1.000.000 de originarios de la
antigua Unión Soviética ; un país al que sus vecinos se habían juramentado
para destruirlo y que ninguno de ellos reconoció durante 3 décadas, un
país que ha crecido bajo la fortaleza asediada. Para compensar estos
factores de fragilidad y de inseguridad, era necesaria una épica
cohesionadora, una mística civil que fuese capaz de fundar en un solo
pueblo el tradicionalismo hebreo del Yemen o de Marruecos y los descreídos
“ sabras “ o israelíes nativos, los inmigrantes desjudeizados de Moscú y
los judíos negros ( falashas ) rescatados de Etiopía..... El sionismo ha
proporcionado esta mística, ha dado a la sociedad israelí un “ relato
fundacional “ y le ha permitido legitimar su contestada presencia en la
Tierra Santa. En este sentido, la intención del mundo árabe cuando en
1.975 consiguió que la O.N.U equiparara sionismo con racismo era muy
clara : criminalizar al Estado de Israel desde sus mismo orígenes
doctrinales.
Siendo así,
reclamar a la sociedad israelí actual que reniegue del sionismo es
exigirle un suicido moral. En cambio, cuando las posibilidades de nuevas
inmigraciones de masas judías hacia Israel parece ya remota y, desde esta
perspectiva sociodemográfica, el país avanza hacia la normalización, sí
que resulta deseable superar el sionismo, considerarlo un capítulo
fundamental pero ya cerrado en la historia del pueblo judío. Un Israel
postsionista tendría menos problemas en desmantelar los asentamientos
hebreos en Cisjordania y Gaza, y encararía con más sutilidad cualquier
proceso negociador con los palestinos. Un Israel postsionista es el que
despuntó con las actitudes del primer ministro Barak y del ministro de
Exteriores, Ben Ami durante las frustradas negociaciones de Camp David II
y de Taba, entre el verano del año 2.000 hasta el invierno del 2.001.
El gran problema en cualquier caso residiría en establecer
los límites exactos para que un Israel postsionista no dejara de ser el
estado nacional de los judíos.
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Artículo publicado en catalán en la revista semanal El Temps el día 13 de
Mayo de 2.002 |
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